Nosotros, los Pueblos de la Tierra,
conscientes de que la humanidad ha entrado en una era en que su poder ha alcanzado, por primera vez, la medida de su propia vulnerabilidad;
reconociendo que la guerra, la destrucción ecológica, la dominación tecnológica, la desigualdad extrema, la alienación política y la pérdida de sentido compartido no amenazan a Estados particulares, sino la integridad misma de la vida sobre este planeta;
afirmando que ninguna nación, ningún Estado, ninguna corporación, ninguna ideología y ninguna tecnología puede erigirse en medida suprema del futuro humano;
declarando que la dignidad de la persona, la libertad de conciencia, la inviolabilidad de la vida, la diversidad de las culturas, los derechos de las generaciones futuras y la integridad de la biosfera son anteriores y superiores a toda forma de poder;
reconociendo la Tierra como hogar común de la humanidad, y a la humanidad como portadora de un destino y una responsabilidad compartidos;
conscientes de que la ausencia de un sujeto global perfecto no exime a la humanidad de la obligación de comenzar a construir un orden más maduro — y de que la imposibilidad de una solución completa no justifica la inacción ante las amenazas comunes;
adoptamos la presente Constitución como orientación moral, jurídica y civilizatoria para el orden planetario: para acotar las formas destructivas del poder, afirmar la dignidad, la libertad y la responsabilidad, asegurar las condiciones de una convivencia pacífica y abrir el camino hacia la autodeterminación madura de la humanidad como unidad moral y política.